Nunca me afecto que me prohibieran o aconsejaran de no realizar ciertas acciones, eso de hacerlas solo por llevar la contraria es similar al “juego inverso” de la psicología, y si bien es una estrategia divertida, soy de las personas que sabe como reaccionar ante ellas. Así después de tanto tiempo había decidido que era propicio el momento de imprimir en mi vida, algo anecdótico que contar cuando fuera una viejecita.
Los había de todas las marcas y tamaños, menos mal me asesoro el joven de la tienda, es que en asuntos nuevos hay que dejarse orientar por los que poseen más información. Compre cuatro productos de la misma marca abandonando el lugar satisfecha de mi compra. Tanto tiempo pensando como es, que parte del cuerpo iría a hormiguearme, si podría percatarme del lugar donde me encontraba. Tal vez no podría pararme, en el peor de los casos lloraría, reiría sin descontrol o querría morir.
Me dirigí a casa de mi enamorado. Llegue, toque el timbre, le di un beso apresurado, él me recibió muy divertido “¿Los trajiste? ¿Cuántos? Los pondré a helar”. Sucede que era feriado y la familia salió al sur, él se quedo porque alguien debía cuidar la vivienda. Teníamos permiso de sus padres para una pequeña reunión, esperábamos a dos parejas que eran amigos de la infancia nuestra.
Al poco rato llegaron los invitados, que esperaban cerveza en vez de champagne, pero comprendieron que mi primera vez no podía ser de otra manera. Lo había planeado así, pues estaba informada sobre esta bebida alcohólica que no me provocaría ningún rastro de resaca, suficiente con las migrañas que me atacan ¿para qué provocarme un innecesario dolor de cabeza?. “Ha llegado la hora de ver tomar a ilirya” una arenga a coro que iba y venia entre sus risas, sus platicas amenas y fugaces. Tenia una copa llena de la bebida espumante, que tomaba a sorbitos, percibiendo el ruido que hacia cuando entraba con mi boca, un sabor nuevo, extraño, de a pocos dulce, otros amargo. Las tres primeras copas, realmente no sentí nada. Me hicieron caminar “en línea recta”, “pararme en un pie”, todo lo hice bien. Hablaba coherentemente, no me mostraba efusiva o melancólica, menos bailarina o escandalosa. Hasta ahí, para mi pareja y amigos era inusual que no presentara signos de estar bebida, era eso o de las personas que no hacia nada cuando lo estaba.
Pasando la quinta copa, sentía que la cabeza me daba vueltas, no podía pararme, mantenía los ojos cerrados, me hormigueaban los pies. Platicaba romántica, de cómo empezó todo con él, odiándolo en primaria, suspirando en secundaria, riéndome suavemente de su sentido del humor de aquellos años, las cartas escritas, las peleas nimias, los momentos más inolvidables. Me había convertido en una “bitácora hablante” apresurada por intentar resumir los 68 meses compartidos. Después de 3 horas me dio un sueño que apagaba mi voz, aunque deseaba seguir hablando mientras mis amigas queridas me llevaban por las escaleras hasta el cuarto donde iríamos a dormir las 3. Al día siguiente, me levante, la teoría del día siguiente era correcta, cero dolor de cabeza. Me dirigí al comedor, desayunaban, me uní al grupo, mi “peluche” me sirvió una taza de café, y feliz se dispuso a resumirme la noche anterior.
1 comentario:
Vaya que me gustó. Fíjate que nunca se me habría ocurrido hablar de esta primera vez. Y definitivamente tiene un matiz interesante. La manera en que manejas la narración es deliciosa. Pude saborear la bebida, y tu transformación etílica en alguien más. Me gustó mucho este texto.
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